lunes, 18 de abril de 2011

Reseña: Tragicomedia Mexicana (Volumen I)


¿Listos? Tercera llamada, tercera. Comenzamos... uno a uno los actores principales salen al escenario y hacen gala de sus mejores atuendos, de sus mejores máscaras. Los protagonistas saben al dedillo cada una de sus líneas y, si acaso olvidan alguna, utilizan los conocimientos que el director les ha transmitido para improvisar –de acuerdo a las pautas generales de la obra. Interpretan tan bien su papel que parecen reales. Ellos mismos creen en sus diálogos, forman un sistema lingüístico e icónico perfecto, capaz de envolver con retórica revolucionaria y demagógica al público.

La tragicomedia se extiende desde 1940 hasta 1970, aunque a decir verdad parece una representación cíclica de la historia de México. Más allá de las formas, la esencia del paradigma ha sido siempre similar: al público se le toma en cuenta para que ovacione, aplauda e idolatre a los actores, para que pague grandes sumas por un show que sabe casi de memoria, que ha visto cientos de veces, y que sin embargo, casi nunca lo satisface o le provoca sonrisas sinceras.

La empresa encargada de montar esta obra no siempre ha estado en las mismas manos, pero siempre ha estado dirigida por los mismos ejes: codicia y avaricia. A estos se les han sumado en mayor o menor medida (dependiendo de los propietarios en turno): la egolatría, la envidia, la deshumanización, la violencia y la sustitución de los valores éticos por los monetarios.

“Que devuelvan las entradas”, gritan algunos osados que se encuentran al fondo del teatro. De inmediato se acercan los guardias del lugar, levantan a los culpables, los evidencian, someten y golpean a la vista del resto. Paralelamente el soliloquio del personaje principal continúa, así que casi de inmediato recupera la atención del respetable (nombrado así siempre y cuando no actúe como los trogloditas antes mencionados). Las luces van y vienen. De pronto los que protestaron ya no están, nadie se atreve a preguntar por ellos, tal parece que nadie los conocía. Quizá eran hijos del silencio, porque es el único que se atreve a manifestarse. Aquí no ha pasado nada. Todos los presentes desconocen –por omisión, complicidad o ignorancia– lo que acaba de suceder. Por miedo, apatía y conformismo, el público ha pasado a ser parte del elenco, ya es un actor –secundario– más.

Todos los reflectores están en dirección al escenario. Los privilegios también. Por el contrario, los pasillos y butacas son alumbradas por unos pequeños quinqués, peligrosos e insuficientes para iluminar a los espectadores, además, son causa de incendios y disputas para obtener el –escaso– calor que emiten. La mayoría de las personas se involucran en un arrebato ocioso, alevoso; se enajenan; pierden los estribos, atentan en contra de los que están en las mismas condiciones inhumanas; su ojo crítico es derrotado por la miopía; su voluntad es domada por el ambiente; su esperanza se vuelve frívola, fría; el resentimiento inhibe sus sentidos; su amor no existe; su ser ya no es su ser.

No recuerdo cuántos días han pasado. El nombre de la obra cambió. Los protagonistas de ayer nos miran desde un lujoso palco, los protagonistas de hoy, familiares o amigos de los anteriores, posan y hacen gala de sus mejores pasos, voces, muecas y ademanes. El discurso es aún más radical, no se apega al guión inicial, mucho menos a la síntesis plasmada en los carteles publicitarios, pegados por montones para dar a conocer el inicio de la enésima temporada.

Insultos, descalificaciones, golpes, cerco informativo, restricción de la libertad, imposición de una moral: todas esas afrentas son cosa de niños. La muerte es un verdadero y merecido escarmiento para quienes se rehúsan a observar la obra; para quienes buscan que las temáticas expuestas se diversifiquen; para quienes buscan presenciar otras expresiones artísticas; para quienes anhelan dirigir, actuar o producir una historia sincera, bondadosa, digna de ser contada, creativa, plena, plural, equitativa, incluyente, crítica.

La sangre de los jóvenes disidentes que se negaron a ser parte del espectáculo se cuela por las puertas y paredes. Han sido masacrados a las afueras del teatro. Sus cuerpos yacen en el asfalto, destrozados, irreconocibles. Sin embargo, sus ideologías y ontologías no perecieron ante las balas, se emanciparon, serán eternas con el simple hecho de que algún testigo las recuerde, las enuncie, las divulgue, las practique.

José Agustín estuvo ahí, miró desde el interior y desde el exterior. Esta semana conversé con él, me contó a detalle y con paciencia los pormenores de treinta años de representaciones consecutivas, sin descanso ni tregua alguna a cargo del PRI (institución dedicada al entretenimiento de los mexicanos). Tres décadas que parecen siete, por el daño que causaron y por la insistencia de los gobernantes contemporáneos en repetir los errores y agravios del pasado, claro, no sin antes aprovechar su investidura para añadirle un toque de genialidad al asunto: estrangulan más bolsillos, sueños y pescuezos; recrudecen la violencia; y presas de sus mentiras, se muestran incapaces ya no digamos de tener consciencia, sino de disimular sus errores en el escenario.

Bien lo dijo André Bretón: “México es un país surrealista”. Nunca se sabe si la obra que vemos es literal o metafórica. Nunca se sabe si el desliz de un actor es una impericia o es parte del guión. La doble moral de la sociedad ha generado una triple moral, donde la ambigüedad es reina y el pragmatismo rey; donde las personas son desechables; donde conceptos como el Estado de Derecho, el libre mercado y la sociedad de la información, son los dogmas principales.

Hasta ahora no ha bastado con los valiosos actos de ciudadanos valientes que han pugnado por hacer efectivo el concepto de democracia (el poder del pueblo). Hasta ahora todo ha quedado en promesas e intentos infructuosos. Aunque también, hasta ahora hemos llegado con vida, con ánimos de seguir, con un cúmulo de experiencias non gratas que no deseamos repetir, con un presente adverso que queremos revertir.

Y no hay mejor síntesis del texto de José Agustín, que la que involuntariamente hizo el escritor hondureño, Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

viernes, 8 de abril de 2011

Crónica de una rivalidad crónica

“Hoy no me quiero levantar”, reza una célebre frase. Este jueves me va como anillo al dedo. No recuerdo qué soñé, lo que sí sé es que no fue algo dulce, a pesar de ello preferiría quedarme en la calidez de mi cama, cubierto por las cobijas, rodeado de almohadas. No quiero salir al mundo lleno de prisa, de peligros en cada esquina, de miradas frías y actitudes ariscas. Tampoco quiero ser víctima de los inclementes rayos solares. Hoy no.

Frente al espejo lo que miro no me gusta. El cabello me ha crecido demasiado en los últimos días y por más agua que le pongo se niega a acomodarse. En vista de su rebeldía decido ponerle un hasta aquí: “Iré a que lo recorten”. Cepillo mis dientes, me pongo unos pants y enfilo hacia la puerta.

Tras cinco minutos de camino estoy frente a la estética. La chica que atiende está fuera del local platicando con un joven. “¿Estás ocupada?”, le cuestiono con amabilidad. “No, te estaba esperando”, contesta mientras suelta una carcajada. Me agarra en curva, por ende sólo acierto a contestar: “Gracias”, acompañando por una risa breve, tímida y sincera.

Me siento frente a un amplio espejo ovalado. Pido casquete corto, sin ninguna especificación particular, pues lo que me interesa es quitarme esta melena. El ritual de Majo (como es conocida en la colonia) es único: se acerca a la grabadora y elige el ritmo bajo el cual se moverá para hacer su trabajo, canta las primeras líneas de la canción que suena y hace entrar la máquina al costado de mi cabeza, donde los rebeldes están atrincherados. Uno a uno caen al piso. Los veo con desdén, esbozo una sonrisa y disfruto de una victoria parcial.

La Onda Vaselina nos envuelve con su famoso: “Vuela más alto más, vete más lejos ya”. Personalmente no gusto de esa agrupación ni de esa corriente musical, pero el ver a Majo contenta e inspirada por esas profundas  letras me pone de buenas, porque es importante que la gente haga lo que le gusta con pasión, con convicción.

Ya entrado en confianza le pregunto por su situación económica: “Me va bien aquí, pero tengo que estar casi todo el día”. Continúa moldeando mi cabellera y agrega: “Gracias a que estoy en algunas tandas y a que me sé administrar puedo darme algunos lujitos”.

“Me gusta estar a la moda, probar nuevos looks”, platica orgullosamente. Quizá por eso cada vez que la veo tiene un tinte distinto, como el rubio casi fosforescente que ahora la acompaña. Hace dos años que vive sola, renta un departamento cerca del metro Cerro de la Estrella: “Es difícil sostener sola los gastos de una casa, pero ayuda a madurar”.

“Los políticos me dan asquito, sus decisiones nos han hundido… Cada vez rinde menos el dinero”, confiesa. Reconoce que evita leer y ver las noticias para no deprimirse: “Muertos por aquí y por allá, esto parece no tener fin. Cuando llego a casa lo único que quiero es relajarme, no pensar en lo malo que nos rodea”.

Pone un poco de talco en mi nuca, lo remueve y suelta un: “Listo, corazón”. Me siento más ligero, más joven, pero también siento pena por los cabellos que yacen en el piso, quizá fui muy enérgico con ellos, ¿y si con un poco de gel se hubieran alineado?... Demasiado tarde, en este instante ellos deben estar en un bote o en una bolsa, lamentando haber crecido, añorando su niñez, aquellos días en que yo los quería y ellos me obedecían.

Dos horas han pasado desde que dejé parte de mí en el interior de Studio Style. 300 gramos de cabello, 400 gramos de apatía, 500 gramos de nostalgia y 600 gramos de una decisión visceral, son el saldo del suceso.

Por enésima ocasión me deslizo en las entrañas del Metro rumbo a la FES Aragón. En el trayecto entre Candelaria y Morelos siempre me gusta observar el Congreso de la Unión. Hoy no es la excepción, sin embargo, mi atención es atrapada por una manta llena de letras rojas y mucho fervor que indica lo siguiente: “Los derechos laborales no son negociables, el puesto de Lozano y el enano espurio sí lo son”. En mis auriculares suena Don’t give up this fight, de The Magic Numbers, como un mensaje (in)directo, casual y solidario para los trabajadores que aún defienden sus garantías individuales –y colectivas.