martes, 22 de febrero de 2011

Buscando el gol

Tras 20 años de intentos fallidos por separarme de mi sombra, abstraerme de mis emociones e ideas, y verme de frente sin la necesidad de utilizar un espejo, el redactar una autobiografía me parece un acto absolutamente demagógico, una pretensión insulsa, pues si en esas dos décadas no he logrado esbozar una definición convincente sobre ¿quién soy?, para mí, menos lo podré hacer en dos cuartillas sobre ¿quién soy?, para ti.

Mis primeros 12 meses fuera del útero de mi madre fueron bastante convulsivos: mi aparato digestivo era incapaz de procesar adecuadamente los alimentos que me daban; sufrí una caída de dos pisos en el edificio donde vivía, ya que salí del departamento mientras estaba en mi andadera, y al llegar a los barandales perdí el control del vehículo, el cual se volteó provocando mi estrepitosa caída; y por si fuera poco, la separación física y sentimental de mis padres.

A partir de los acontecimientos anteriores gocé de tan buena salud que hasta me decían “bolito” (juzgue usted). Sin embargo, esa época de bonanza hoy parece un mito urbano, pues actualmente algunos me dicen “flaquito” (de nuevo, juzgue usted).

Ante la huida –física y moral– de mi progenitor, me convertí en el hombre de la casa antes de siquiera entrar al kinder. Desde entonces vivo con mi mamá –la bondad hecha persona– y con mi hermana, quien es año y medio menor que yo.

Mi instrucción escolar inició en una guardería del ISSSTE, donde aprendí el valor de la resistencia física y la fortaleza mental, gracias a que la comprensiva maestra Maribel nos amenazaba con picarnos con una aguja si nos atrevíamos a desacatar sus órdenes que consistían en no correr, no gritar y no empujar.

En la primaria Plan de Iguala tuve la oportunidad de crecer en todo sentido, divertirme mucho, aprender conocimientos valiosos e incluso aprehender valores éticos que aún me son útiles e indispensables. Los diplomas que obtuve por mi promedio general y mi inclusión en la escolta no los considero grandes logros puesto que no era muy difícil alcanzarlos, pero su importancia reside en que desde aquellos tiempos me quedó claro que los números eran lo de menos, debía avocarme a extraer lo mejor de cada escuela, de cada materia, de cada persona.

Cuando ya estaba en la Secundaria Técnica 97 me hice consciente de algunos problemas que me aquejaban: timidez excesiva, mal carácter y la carencia de autocontrol de mis emociones. Estos factores me acarrearon múltiples problemáticas, principalmente en el ámbito familiar. A pesar de todo, mi mamá nunca me dejó a la deriva, siempre pugnó por hacer de mí un individuo de razones y principios. Aunque hoy día no he exterminado esas falencias al cien por ciento, debo reconocer que me he enfocado en desmarcarme lo más posible de ellas.

Un suceso que me marcó sobremanera fue la enfermedad que se apoderó de mi abuela materna, quien pasó sus últimos años de vida en mi casa, donde finalmente murió en 2006, víctima de las secuelas del Alzheimer. Representó un shock tremendo para mí el hecho de ir presenciando el desgaste físico y mental que iba mermando a quien a mi juicio es el mejor ser humano con quien he convivido. Curiosamente esa experiencia tan amarga unió como nunca a la familia, y en lo particular,  fue una oportunidad para explorar mis adentros y manifestar lo mejor de ellos. Por cierto, en un abrir y cerrar de ojos ya deambulaba por los pasillos de la prepa 5.

En la Facultad de Coapa pasé las mismas horas en las aulas que en las canchas de futbol. Afortunadamente nunca he probado los sinsabores de los extraordinarios, mi desempeño académico ha sido decente, sin sobresaltos, por lo que siempre he tenido vacaciones completas y grandes tiempos libres, los cuales he utilizado de la siguiente forma: dormir-ocio-comer-jugar-comer-leer-ocio-dormir, a grandes rasgos así ha sido mi vida lejos de la escuela. Sé que además de cínico puedo parecer un flojo –y sí, lo soy–, pero tampoco pretendo mostrarme al mundo con la máscara del joven exitoso y proactivo.

La pasión por los deportes ha sido una constante en mi vida. Desde niño he disfrutado intensamente tanto jugarlos como verlos. Cuando los tomé en serio pasaron dos cosas: jugando con las fuerzas básicas del Pachuca me lesioné la rodilla, lo cual me hizo desistir de mi ilusión de jugar profesionalmente, así que busqué una herramienta que me posibilitara estar cerca de los pormenores del deporte, por ello elegí Comunicación y Periodismo, en la afamadísima FES Aragón. No espero revolucionar los medios en México ni mucho menos, sólo deseo revolucionar mi mente, acrecentar mi espíritu y poder verme a los ojos sin miedo. Es cuanto.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Del pasivo al medianil


“Dany, ¿qué vas a hacer estos días?”, preguntó mi mamá al verme tirado en el sillón y con la computadora como mi fiel compañera. Su timbre de voz le adhirió seriedad y un dejo de preocupación a su cuestionamiento. Probablemente ella deseaba escuchar una iniciativa que fungiera casi como propósito de año nuevo, algo así como que buscaría trabajo, pero no, por el contrario, no recibió más que un “no sé” de mi parte, a la par en la que me sumergía más en las letras de uno de esos blogs donde no se dice nada, o sea, se dice todo.

“Vete a visitar los periódicos por tu cuenta... no te quedes aquí encerrado”, sugirió doña Sarita, a lo cual respondí asintiendo con la cabeza, mientras ella dijo su última palabra sin siquiera abrir la boca: una mueca acompañada de una mirada cariñosa –e inconforme.

Dos años después de haber ingresado a la carrera soy más desidioso y estoy más confundido que al inicio. En mi caso el tiempo sólo ha servido para advertirme que el periodismo si bien es apasionante, tiene detalles que no se compaginan con mis intereses e ideales (y no me pregunten cuáles son, ni yo los tengo claros).

Recuerdo que estaba a sólo dos meses de salir de la prepa cuando decidí rescindirle el contrato a Contaduría. Evadir impuestos y engañar al SAT parecía divertido, pero no era la clase de diversión que requería en ese momento. La clase de literatura se había robado por completo el curso, era disfrutable hasta el tuétano. La maestra hacía un vaivén entre los textos de Lorca, los tórridos encuentros con su primo en el closet de su cuarto, la precisión narrativa de Azuela, y las enseñanzas que sin querer nos compartía (eso pensábamos la mayoría, pero seguramente ella tenía todo planeado) –con actos, letras y sonidos– al relatar sus peripecias en el bajo mundo de los libros.

Inexplicablemente en las pruebas de orientación vocacional ningún área había arrasado con las demás, en muchas salí relativamente bien, así que ni esos grandes aportes de la psicología ayudaron en mi elección universitaria. Sin embargo, ahora creo que la respuesta siempre estuvo ahí. Cuando no estaba en el salón de clase me encontraba en las canchas, desparramando sudor, que en mis días de mayor egolatría definía como talento. Junto a los Tibiri Tabara intenté encarnar mis propias batallas futboleras, una copia chafísima de las que semana a semana seguía a través del televisor. Hablar, pensar y vivir en los deportes y por los deportes, no podía dejarme otra opción: periodismo (con especialización en el entorno deportivo). Era obvio, ¿no?

Aquel día salí de mi casa pero inevitablemente no pude virar hacia el sur, tierra que me arrebató magnéticamente durante tres años; de pronto descendí de un microbús, en el norte de la ciudad, inconsciente de mí, frente a una escuela que me resultaba ajena, triste, sorda, a la cual un sujeto llamó “FES Aragón”. Aquel día es quizá este día, porque me gobierna la misma sensación de insatisfacción con la carrera, que ni siquiera el inglés y el portugués me ayudaron a superar. Además, tengo incertidumbre por mi futuro laboral, porque el desempleo, el reportero ciudadano y la democratización de la información se unen a mi existencia indecisa, poco precisa, bastante nublada.

Hoy tengo más interés de estudiar literatura universal y lenguas romances que de adentrarme aún más en la opinión pública, la teoría de las masas y la cienciología de las notas informativas. Al mismo tiempo anhelo que el periodismo sea la nave que me permita realizar los dribles, tiros y pases que en los campos he sido incapaz de realizar.

“La palabra tiene poder, debes estar consciente de lo que dices, las ataduras que consigo trae”, Sarita dixit. Por eso preferí no leer esto en voz alta, así no le confiero mis responsabilidades y dicotomías a la lengua de Cervantes, ella qué culpa, ni la debe ni la teme.

sábado, 23 de octubre de 2010

Percusión sónica

El caer de una gota de agua interrumpe el sonido del silencio. El silencio calla cuando en silencio pienso en ti. En ti creo, en ti sueño. Sueño, eso es lo único que hay, lo único que tengo. Tengo la impresión de que quizá pronto despertaré y entonces tú no serás tú, y como tú no serás tú algunos fantasmas abandonarán mi ser. Ser distinto, quiero dejar de tener esta característica de invisible, invisible a tus actos, a tus más profundos pensamientos, a tus tiernos ojos. Tus ojos, llenos de vida, llenos de intriga, tan profundos como la mar. La mar, hoy lejana, ha prometido mojarme cariñosamente, acogerme y restaurarme. Restaurarme el tacto, la vista, el alma. Alma que vaga esta noche por las calles citadinas, camina impávida ante los murmullos de búhos y luciérnagas. Luciérnagas que se apagan lentamente cada noche, luciérnagas que pasan a la posteridad, que dejan de alumbrar mis anhelos. Anhelos tan imposibles como fundirme con el Universo. Universo que está y es, Universo que crea al destruir, inventa rompiendo y vive muriendo. Muriendo está la cigarra que alguna vez me cantó al oído. Al oído me susurra la luna, me dice "voltea", y entonces, cuando me pierdo en su blanca circunferencia, me da un ínfimo beso, tan bello y pequeño que caigo desvanecido con sonrisa y corazón en mano. Mano que dice hola, mano que añora fundirse con la tuya, mano tímida, mano con fuerza propia. Propia, muy propia marcha aquella estrella bajo la red galáctica, la estrella que carga mis penas, la estrella fiel, la estrella eterna. Eterna la estampa que tengo de ti y de mí, eterna su tinta, eternos sus contornos. Contornos delinean y dan forma a cada acción, a cada sentir. Sentir que no soy yo quien habla y escribe, que no soy yo quien llora y ríe, sentir que no soy yo para eximirme de toda culpa, de todo remordimiento, de toda tristeza. Tristeza vívida, tristeza que abraza, tristeza que enseña, tristeza que mañana será experiencia, y pasado mañana, sabiduría.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Misiva infinita

Gracias por ser tú.

Gracias por permitirle a mis sentidos percibir la dulzura de tus cantos y acciones.

Gracias por ser auténtica.

Gracias por abrirme las puertas de tu ser.

Gracias por tus enseñanzas.

Gracias por ser amor.

Gracias por poner mis pies en la tierra con ínfimos aires de sinceridad e indiferencia.

Gracias por cruzarte en mi camino.

Gracias porque a tu lado las tardes lluviosas son aún más hermosas.

Gracias por tus miradas, caricias y besos, pues éstos alimentan las profundidades de mi alma.

Gracias porque tú has acrecentado mi parte más humana, aquella que se aloja en mi centro... Mi amor.

Gracias por estar.

* Gracias por todo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El púlsar eres tú

Había una vez una galaxia infrarroja con sentimientos, lógica y conciencia propia. No necesitaba de intérpretes ni profetas, era capaz de palparse a sí misma, de escuchar el ritmo que su centro magnético emitía.

Todo se estremeció. 2022 millones de años luz a la redonda el eco del estruendo aún se percibía. El epicentro parecía ser un minúsculo planetoide que rara vez era observado. ¿De dónde había obtenido tanta energía? ¿Qué o quién había trastocado sus placas tectónicas más profundas?

Gravedad -emperatriz y orfebre del condado sideral- fue notificada del exabrupto acaecido en su territorio espiral. Estricta como pocos, acostumbrada estaba a que sus dominios sólo (r)evolucionaban cuando a ella se le antojaba, cuando el placer despertaba de su letargo.

"Canek-9003, otrora procrastinador, violentó la paz de nuestro hogar". Este rótulo fue esparcido con pasmosa velocidad por algunas estrellas ancianas, quienes amargadas por su falta de luz habían vendido sus almas a los Polvorones Cósmicos (mafiosos que en contubernio con Gravedad, coartaban la libertad de los cuerpos celestes en su afán por establecer una siniestra sociedad intergaláctica) a cambio de un poco de brillo.

Su andar en el espacio era sigiloso, casi temeroso. Comparado con las supernovas era un ente opaco. Sin embargo, bajo su breve ionosfera coexistían destellos de vida majestuosos: organismos microcelulares; esporas; nubes interestelares formadas por moléculas de alcohol etílico, capaces de erigirse como morada para nuevas formas de vida; y lagos cristalizados de helio. La delgada corteza -de tungsteno y litio- recubría delicadamente su capa más poderosa: el núcleo (magma espiritual), de una sensibilidad sin igual.

"Su núcleo es impuro, demasiado volátil, sólo un terrorista actuaría de esa forma. Merece la pena máxima, su estancia junto al resto es inviable", decretó enérgicamente el juez Toutatis, líder de los ministros asteroides (rocas de gran envergadura, carentes de emociones, gracias a lo cual habían sido elegidas como el juzgado sideral). Canek estaba condenado: en 14 días sería obligado a realizar un viaje al centro de la galaxia donde vería cara a cara al quásar más temido del Universo, el mismísimo Black Shadow.

"Si mezclas asombro, cariño, admiración, radiaciones solares, neutritos, efectos gravitacionales, residuos de meteoritos, llanuras metálicas, ligeros vapores, gases nobles, y un magma cálido, ¿qué sustancia obtienes?", se preguntó Gius-7003, un viejo planeta que vivía en el exilio. Ni la sabiduría que le conferían sus 17 anillos le otorgó la respuesta.

"Seguramente ese tal Canek es un mercenario, un espía enviado por Andrómeda, que en su afán de expandirse pretende absorbernos, aniquilarnos. Apuesto que utilizaron a ese tonto como carne de cañón", especulaba Gravedad.

Un vuelo fugaz; una ruta desconocida; colorida e intensa; manaba chorros a propulsión de líquidos con altas dosis de afecto; siempre activa; amistosa; buscaba nuevos tiempos-espacios para explorar: así era ella, ¿pero quién era ella?

Despojado de su magnetósfera, desorbitado -física y mentalmente-, Canek sucumbía ante las contradicciones del vacío. El caos ya era parte de él. Inmerso estaba en una nebulosa (vehículo donde desplazan a los prisioneros), su presente marchaba bajo penumbras, bajo el escalofriante sonido del silencio.

"He escuchado poco sobre los púlsares, sólo sé que sus pasos emiten bellas melodías. Son como velas, su luz perdura aún cuando ellos perecen. Son la antigravedad en el Universo", le comentaba Gius a una de sus inseparables compañeras, su satélite Miranda. Pero, ¿por qué traía a colación a esos seres tan peculiares? Delirios de un anciano, quizá, aunque tal vez...

Cruce vertiginoso de miradas. Campos magnéticos atrayéndose mutuamente. Parpadeos relampagueantes. Recuerdos registrados en pedacitos -invisibles- de papel. Centros en ebullición, listos para fundirse en uno solo. Eso fue, así es, eso fue.

Risas estruendosas y golpeteos constantes, el momento -casi- había llegado. A pocos años luz de observar la magnificencia del motor de la galaxia -Black Shadow-, el rostro de Canek denotaba una profunda aflicción, seguramente porque sabía que sus movimientos de rotación estaban contados, era obvio, ¿no?... ¿no?... ¿No?

Miranda obstruyó el paso de la luz de los 15 soles de la galaxia, eclipsó el día de Gius, empero, alumbró su mente. En medio de la nada obtuvo la respuesta: caos y calma, he ahí la clave. "Él la ama, ella lo presiente, pero el miedo le impide racionalizar esa radiación. La implosión que protagonizó no fue más que un llamado, una misiva, una declaratoria. Ese acto fue tan honesto que rompió el paradigma establecido. ¿Quién desdeña su estirpe y sus riquezas sólo por comunicar un sentir? ¡Vaya osadía!", murmuró el viejo.

"Eres patético, ¡mírate! Tu acto por demostrar valentía no hizo más que evidenciar tus carencias, pero en instantes dejarás de contaminar al infinito", vociferó el quásar supremo, al tiempo en que abría sus grandes fauces para succionar el alma de Canek.

Ráfagas de cometas matizaron el ambiente. Por añadidura los acompañaba un registro sonoro sublime, justo como éste, ¿escuchas? Las comisuras de su maltrecha atmósfera dibujaron una leve sonrisa. Ese canto celestial sólo podía interpretarlo un maravilloso ser, un púlsar como tú.