viernes, 8 de marzo de 2013

Archipiélago: el devenir de la isla


Contrario a la sentencia popular, hay cosas que sí son lo que parecen y hechos que, sin más, no tienen un porqué. 

Debatan la frase anterior no sin antes considerar la siguiente carta que me encontró en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería mientras buscaba una parte de mí en la bolsa sucia y roída de la basura (¿cuántas mitades de mí he dejado en el camino tras cada una de las colisiones que he protagonizado? Ergo, ¿soy una ínfima parte de lo que algún día fui, o creí haber sido, o pude haber sido?).

“¿Cuál es la diferencia entre signo y símbolo?”, le preguntó Myu a Sumire. Exactamente la misma pregunta que ella, una semana antes, me había hecho. Traté de recordar mis clases de teoría de la comunicación y esbocé una respuesta sin tanto choro no tan clara. Me pasa con ésta y otras nociones del mundo lo que a San Agustín con la definición de tiempo: “si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no sé explicarlo.” A diferencia de Sumire, no desperté a ningún amigo a las tres y media de la madrugada para que me ayudara a entender esa diferencia y así explicarla con mayor soltura la próxima vez; si acaso había próxima vez. ¿La habrá?

¿Por qué con tantos libros por leer había elegido uno que hasta hace dos días no tenía contemplado? ¿Y por qué algunas páginas parecían estar redactadas a partir de mis vivencias de los últimos días? Antes que me tachen de exagerado, enlistaré siete coincidencias (?):
* Sumire conoció a Myu en un evento al que no estaba segura de ir.
* Sumire no eligió su asiento, por lo tanto tampoco eligió quedar a un lado de Myu.
* Cuando posó sus ojos sobre Myu, un rayo cruzó la atmósfera de Sumire, atravesó su núcleo y la fulminó.
* Myu tenía una pareja a quien casi no veía.
* Myu tenía mayor experiencia que Sumire. No sólo por haber nacido antes sino por lo que hasta entonces había enfrentado. Con sutileza y elegancia desplegaba los conocimientos aprehendidos.
* Sin saber quién era, Myu confió en Sumire. Le regaló una nube que, como la de Gokú, era capaz de transportarla a donde ella quisiera. Un lugar distinto cada vez.
* Era tanta la energía en el núcleo de Sumire, que pudo, por fin, cruzar la frontera del “nunca he hecho esto; mejor me callo y me siento”. Acto seguido se encontró con otra frontera, la de Myu: “sí me gustaría pero no ahora mismo no puedo; quién sabe después”. 

Ella vino a revolver todos los papeles de mi cajón secreto. El cajón del fondo del escritorio, aquel que resguardo con llave. ¿Acaso me robó la llave? Y si ya tenía una copia de la llave, ¿cómo la consiguió? Recién terminé de pensar en esto, abrí los ojos y la busqué con vehemencia por toda la habitación. Para entonces ella ya era un recuerdo de ese encuentro fortuito a las afueras del baño, luego de no vernos ¡durante casi 48 horas!: ese abrazo apretado, reparador y larguísimo, esa mejilla tersa y colorada a la que besé en una, dos y hasta tres ocasiones, ese “me dio mucho gusto verte”, que en realidad quiso decir “me estoy enamorando de ti.”

Recuerdo la noche en que tras rescatar unas flores y entregárselas, subí corriendo las escaleras y llegué a la azotea del Palacio. Me recosté sobre una plataforma y, aturdido, me entregué a los brazos de la noche. Ahogué el llanto en tanto pensaba si desde la torre latino alguien me estaría observando. Sin lentes y envuelto por una negritud insondable, me sentía más vulnerable que de costumbre. 

No estoy seguro, no estoy para nada seguro de haberle entregado una hojita verde donde le confesaba que nuestro vínculo era el sueño de alguien más. Para darle fuerza a mi argumento cité seis imposibilidades –como Alicia antes de cortarle la cabeza al Jabberwocky. 

Ahora tengo miedo. Soy como ese perrito asustado que da vueltas alrededor de la casa de mi amigo. Sin noción del tiempo, sin guarida y con la guardia desvanecida, idéntico al boxeador que pide a gritos ser noqueado e irse a casa a lamerse las heridas.

***

Así, de la nada, Murakami me asestó un rodillazo en el bajo vientre. Mientras estuve en el piso, masculló en español: “¿ya ves, cabrón?, y tú que no querías leerme. Gracias a que no tenías grandes expectativas conmigo me ha resultado más fácil sorprenderte.”