lunes, 21 de diciembre de 2009

México Insurgente

Reed, Jonh. México Insurgente. Sexta ed., Ed. Porrúa, México, 2001, 241 p.

Excelso. Son pocos los adjetivos calificativos que pueden anteponérsele a esta obra escrita, narrada y vivida por John Reed. Antes de adentrarme en las temáticas más importantes de este texto, tratar de resumirlo y analizarlo, quisiera plasmar en este escrito algunas preguntas que surgieron dentro de mí a medida que le fui dando lectura al libro. Las dudas son las siguientes: ¿cómo fue posible que un periodista norteamericano haya logrado plasmar de una forma tan sublime la idiosincrasia, costumbres y tradiciones de los mexicanos (indígenas la mayoría de ellos)? ¿Cómo pudo estar inmerso tanto tiempo en la guerra? Y como siempre, en todos y cada uno de mis escritos las dudas y preguntas superan en gran proporción a las respuestas o aseveraciones.

Me causó gran admiración y especial atención la manera en la cual John Reed logró conjuntar sus relatos, logró que una parte tan importante de la historia de México fuera de lo más interesante, intrigante, entretenida, descriptiva, emocionante, cautivadora y realista. Lo anterior lo menciono porque generalmente es muy difícil crear en la población un gusto por conocer, entender y valorar su pasado. Un sector importante de la sociedad cree que la Historia, sobre todo la de México, es aburrida, tediosa y que no nos es útil en nuestras vidas, lo cual por supuesto es una idea errónea, ya que debemos tener bien presente en nuestra mente el siguiente dicho: “hay que valorar el pasado, para así entender el presente, y con ello poder planear el futuro.”


México Insurgente se encuentra ubicado en el año de 1913, justo en uno de los años más crudos, duros y sangrientos que la Revolución Mexicana presentó. Se desarrolla principalmente en los territorios del norte del país: Sonora, Chihuahua, Coahuila, Durango, etc. Y cabe mencionar que el autor se encuentra como infiltrado en las tropas constitucionalistas, de las cuales era líder el sagaz Francisco Villa. No sólo el año mencionado, sino el transcurso de años en los cuales se desarrolló la revolución, significan un periodo bastante delicado, gris, tormentoso, sangriento, triste, de descontrol total, de escasez de alimentos, falto de paz, de dinero y sobre todo, de una falta de fe en lo que el futuro le deparaba al pueblo. Sintetizando, la Revolución Mexicana es uno de los periodos más estremecedores y sangrientos que se han suscitado en nuestro país.

En un inicio (antes y durante 1910) se creía que con la expulsión del país de Porfirio Díaz, los problemas terminarían, se acabarían las injusticias en el país y las aguas retomarían sus niveles y regresarían a sus caudales. Error. Surge con mucha fuerza el nombre de Francisco I. Madero, quien llega a la presidencia gracias a su labia y fuerza coercitiva que logró con el pueblo. Sin embargo, su ingenuidad, falta de carácter y poca astucia, fueron aprovechadas por el astuto, abusivo, sanguinario y engreído Victoriano Huerta, quien aprovechándose de la confianza que el líder del ejecutivo le tenía, lo traiciona y da un golpe de Estado dentro de la llamada “decena trágica”. Madero es fucilado, y Huerta en un abuso de poder buscó instaurar un régimen muy parecido al de Díaz. En ese momento, emergen tanto del norte como del sur del territorio mexicano Francisco Villa y Emiliano Zapata respectivamente. Ambos buscan derrocar del poder a Huerta y sus federales (como eran llamados sus soldados), cada uno con sus distintos métodos e ideologías.

Después, suceden en el país una serie de enfrentamientos armados entre los federales y los constitucionalistas. Los primeros luchaban por las clases altas, por los hacendados y la gente que en esos momentos poseía el poder. Por su parte, los segundos luchaban con y por el pueblo, buscaban: una igualdad de clases, una mejor distribución de las tierras, mejoras sustanciales en la educación, un mejor futuro para sus hijos y dejar de ser explotados por la clase alta.

En este momento de la historia es cuando John Reed se adentra en tierras mexicanas y se convierte en un constitucionalista más. Ingresa como corresponsal para su país (Estados Unidos), para llevar información precisa de lo que acaecía en México, ya que los gringos estaban muy interesados en nuestro país, tanto así que en múltiples ocasiones amenazaron con invadir territorio mexicano. Según ellos, era porque pretendían que México estuviera a su altura y fuera su gran socio comercial. Esta fue la versión dada a través de la voz del embajador Wilson.

Reed no era un estadounidense convencional, más bien, era un ser humano sensible, capaz de ver con el alma y no sólo con la vista (que en ocasiones engaña e impide valorar lo intangible), afectivo, inteligente, notablemente preciso en sus intervenciones, tanto de palabra como de acción. Era osado, valiente, mentalmente fuerte y una persona comprometida con su trabajo; ético y honesto consigo mismo y con los demás. Esas características tan especiales le permitieron sobrevivir y sobreponerse a las pruebas de fuego que el destino le puso en pleno desierto mexicano.

Vivió con los indígenas y soldados mexicanos, conocido como Juanito (y no es el payasito de Iztapalapa) o también como el míster (así solían decirle las personas que lo apreciaban y lo habían acogido como si fuese de su familia), logró no sólo describir a aquellas personas, sino que también describió a la perfección su entorno y contexto social, como lo podemos observar a continuación: “es imposible imaginar lo cerca de la Naturaleza que viven los peones en esas grandes haciendas. Sus propias casas están construidas de la tierra que pisan, calcinada por el Sol. Su alimento es el maíz que siembran; lo que toman, el agua que corre por el río que se agota, transportada dolorosamente sobre sus cabezas, las ropas que usan, tejidas de lana, y sus huaraches, de piel de novillo recién sacrificado. Los animales son sus constantes compañeros, familiares en sus casas. La luz y la oscuridad son su día y su noche. Cuando un hombre y una mujer se enamoran, vuelan el uno al otro sin las formalidades del cortejo, y cuando se cansan uno del otro, simplemente se separan. El matrimonio es muy costoso (seis pesos para el cura), lo que se considera como un alarde inútil, que no obliga más que la unión más fortuita. Y, por supuesto, la cuestión de celos significa sangre”.

En esta sensible y exacta descripción del míster, se encuentran casi todos los elementos que representaban al mexicano de la época, pues no sólo describe lugares y personas, también describe las relaciones interpersonales, el amor a sus tierras y animales, su alimentación, sus costumbres, e incluso menciona a la Iglesia, la cual tenía gran importancia y jugaba un papel clave en esta lucha, puesto que, era una de las instituciones que más explotaba y manipulaba al pueblo, sobre todo a través de sus sermones y del famoso diezmo. Menciona con cierto asombro y un dejo de desprecio las fechorías que los curas cometían en contra de la población, y que sin empacho le habían sido reveladas... “alegre ya, su señoría disertaba sobre las virtudes de la confesión, especialmente cuando se refería a las jóvenes. Nos hizo notar también que tenía ciertos derechos feudales sobre las recién desposadas. Las muchachas, aquí -dijo- son muy ardientes…”

Reed siguió narrando las batallas entre las fuerzas constitucionalistas y los federalistas. En primera instancia, las batallas que Urbina (general constitucionalista) sostiene en el estado de Chihuahua, además de todos los inconvenientes por los cuales pasaba día a día, la falta de alimento, el nulo conocimiento sobre dónde se quedaría a dormir y la desconfianza que en ocasiones le tenían por el hecho de ser estadounidense. También fue conociendo las inclemencias del tiempo en pleno desierto y la especial atención que tenían los indígenas con los soldados. Menciona que a pesar de la pobreza, nunca niegan un plato de comida o un petate para los visitantes, se ponían a disposición de todo aquel que luchara por su liberación. Estos gestos tan nobles de los indígenas deslumbraron a John, jamás había visto acto igual, era algo inverosímil, en su país nunca le habían mencionado tales virtudes de la gente del otro lado del Río Bravo.

Posteriormente cuenta cómo junto a sus amigos viaja hacia el sur para seguir liberando las ciudades del yugo huertista, hasta llegar a Gómez Palacio. En la Cadena, pasa uno de los capítulos más difíciles de su estadía en México, el grupo en el que se encontraba es atacado por un número considerable de federales, los cuales estuvieron a punto de quitarle la vida, sin embargo la suerte en ese momento le sonrió -relativamente-, porque aunque logró salir ileso del ataque, algunos de sus más preciados amigos cayeron en la batalla. A pesar de eso, sabía que debía sentirse orgulloso de ellos, pues habían muerto defendiendo sus ideales hasta el último momento.

En su periplo conoce al vanagloriado e idolatrado Francisco Villa, a quien describe de forma muy natural y específica, como si a través de la lectura observáramos su retrato. Antes de ser revolucionario, Villa había sido bandolero y se había convertido en uno de los bandidos más buscados por el régimen porfirista. A pesar de que Pancho careció de toda instrucción escolar, desarrolló capacidades impresionantes como militar, era un gran estratega, de mente ágil, actuaba cuando era debido, luchaba siempre como uno más del batallón.

Antes de que el ejército villista sitiara Gómez Palacio, se guarecieron en Conejos para planear la estrategia a seguir una vez que Villa diera la orden de atacar. En esos momentos Francisco Villa le confiesa que él no aspira a la silla presidencial, que sería una lástima que México tuviera un presidente que apenas sabe leer y escribir (y eso porque lo aprendió mientras estuvo recluido en la capital, después de la muerte de Madero), que no podría platicar ni tomar decisiones conjuntamente con otros ministros o presidentes extranjeros. Lo único que buscaría al terminar la revolución sería obtener una tierra en la cual pudiera sembrar y una casa donde vivir. No deseaba protagonismo dentro del ámbito político.

Acto seguido, se suscitan batallas feroces y de alto impacto, Reed no había sido testigo de tanta violencia durante su estancia. Dichas batallas se libran para conquistar el control de Gómez Palacio. Finalmente el bando constitucionalista se erige como victorioso (¡ojo! No victoriano) y algunos de los huertistas logran huir. Es aquí cuando relata cómo era la rutina dentro de aquellos vagones del tren, en donde se encontraban mujeres, niños, doctores y un séquito bastante cuantioso de heridos, además de los soldados que resguardaban y protegían el convoy.

La guerra no paro ahí, siguió en Torreón (la tierra más próspera del norte de México según el mister). Prácticamente la guerra estaba ganada para el bando villista, sin embargo, el agua y la comida escaseaban sobremanera y la gente había comenzado a desesperarse, la victoria estaba cerca pero aún faltaban ciudades o poblados por caer. Bajo este contexto sale del anonimato Venustiano Carranza, persona de clase alta, pero que se había unido a los pobres para pelear por la libertad. Era un ser inteligente, con una vasta cultura, político de clase y con buen manejo de la palabra.

A pesar de buscar el mismo fin, Villa y Carranza no comulgaban en algunas de sus ideas, por lo cual, Carranza nunca apoyó del todo a los villistas, hecho que creo desconfianza y malestar en varios sectores de la población.

Luego de tanto derramamiento de sangre, sudor y lágrimas, el pueblo de México ganó su batalla contra los federales. Sin embargo no tuvo la capacidad ni el poder para vencer al hambre y a la desigualdad e injusticia social.

Lo puntual e interesante de estas crónicas de guerra es que no sólo están enfocadas en el plano militar, van más allá de lo bélico, logran dar a conocer los sentimientos, sensaciones, pensamientos, creencias e ideologías no sólo de los protagonistas de la guerra, sino también de la gente común y corriente, seres que gracias a textos como el de Reed vivirán para la eternidad. Esta pieza del rompecabezas revolucionario pudo haber sido fácilmente borrada de los anales de la historia, pues en la historia oficial pocas veces se considera a los desposeídos, la memoria colectiva no tiene un lugar privilegiado para ellos -si es que hay un lugar para ellos-. Esos seres que para cualquier otro autor habrían pasado de largo en su camino, fueron para Juanito el centro de su atención, los verdaderos héroes de las hazañas revolucionarias.

2 comentarios:

Mariano dijo...

con tanta modificación y "crack's" que le meten a la Historia, ya ni se sabe cuál es la verdadera... pero gracias a textos como el del Sr Reed podemos darnos una idea de la que está más apegada a la realidad.

JONaZ dijo...

Puffff! ese libro me lo han dejado leer mas de 2 veces! ja! pero se la rifa el Reed con sus experiencias descritas detalladamente, si te das una idea de como se vivió la Revolución internamente.